Cuarta entrada de la serie: De la herida a la esperanza.
Durante mucho tiempo pensé que el dolor era un enemigo. Algo que había que esquivar, disfrazar o enterrar bajo ocupaciones, silencios y sonrisas que no siempre sentía. Creía que si lo ignoraba lo suficiente, desaparecería.
Pero el dolor no se va porque quieras que se vaya. El dolor se queda, te acompaña, te incomoda… hasta que aprendes a escucharlo. Y ahí está la lección más dura: el dolor no viene a destruirte, viene a mostrarte lo que no estabas viendo.
Aprendí que dolía tanto porque había amado de verdad. Que lo que me rompía no era la ausencia de S en sí misma, sino todas las partes de mí que había dejado en sus manos. Aprendí que el dolor señala el lugar exacto donde aún tengo que trabajar: mi dignidad, mi amor propio, mi capacidad de sostenerme incluso cuando todo se derrumba.
Y entendí que no todo dolor es igual. Hay un dolor que destruye y otro que construye. El primero es el que no aceptas, el que te deja atrapado en el “por qué”. El segundo es el que abrazas, el que miras de frente y decides transformar en aprendizaje, aunque te cueste lágrimas y noches en vela.
Hoy sé que el dolor no es algo de lo que huir, sino algo que se atraviesa. Porque cada vez que lo hago, descubro que detrás hay un poco más de calma, un poco más de fuerza, un poco más de mí.
El dolor no se olvida, pero deja de ser verdugo y empieza a ser maestro. Y aunque todavía me duela, ya no siento que me destruya: siento que me está esculpiendo.
Continuará…
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