Epílogo de la serie: De la herida a la esperanza.
He hablado de lo que sentí, de lo que pensé, de lo que imaginé y de lo que aún espero. He desnudado las cicatrices, las ruinas y también los pequeños brotes de esperanza que aparecieron entre los escombros.
Y al mirar atrás, lo que más me sorprende no es el dolor que todavía late en algún rincón, sino la fuerza que descubrí sin querer, esa que apareció solo porque no me quedó otra. Aprendí que el amor puede ser lo más hermoso que toque tu vida, pero también lo que más la destroce. Aprendí que esperar eternamente a alguien que ya decidió soltarte es la forma más cruel de romperse a uno mismo. Aprendí que la nostalgia es traicionera: te hace creer que lo pasado era perfecto, cuando en realidad también había silencios, heridas y ausencias.
Pero también entendí algo más: que cada golpe me ha ido mostrando quién soy, qué quiero y qué no pienso volver a aceptar. Que mi historia no se queda en quien me soltó ni en quien no supo cuidarme. Que mi historia sigue en pie, conmigo, incluso cuando pensé que me había quedado vacío.
Duele, sí. Y quizá duela siempre. Porque hay amores que dejan huellas que no se borran, solo se aprenden a mirar de otra manera. Pero si de algo estoy seguro es de que no vine a este mundo para quedarme atado al dolor. Vine a vivir, aunque me tiemblen las manos, aunque a veces me falte el aire, aunque todavía tropiece con recuerdos que queman.
Hoy cierro este capítulo con lágrimas, con cicatrices y con esperanza. Porque todo lo que arde también ilumina. Y si he sido capaz de atravesar la oscuridad, sé que seré capaz de abrazar la luz que me quede por delante.
“Lo que me rompió no me define. Lo que me queda por vivir, sí.”
Continuará…
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