Segunda entrada de la serie: “Lo que se queda y lo que se suelta”
Hay recuerdos que todavía se quedan pegados en la piel como cicatrices mal cerradas. No sangran, pero escuecen. No destruyen, pero pesan. Son esas memorias que aparecen sin aviso: una sonrisa que ya no está, una palabra que quedó grabada demasiado hondo, un momento que parecía eterno y se desvaneció en segundos.
Durante mucho tiempo pensé que para sanar tenía que arrancarlos de raíz, como si fueran un error que había que borrar. Hoy entiendo que no se trata de borrar, sino de aprender a mirar sin romperme, de aceptar que hubo un “nosotros” que fue real, aunque ya no exista.
El dolor sigue, sí, pero no con la misma intensidad. Ya no es incendio, ahora es rescoldo. Ya no quema como antes, pero a veces sopla el viento de la memoria y vuelve a encenderse un poco. Y ahí estoy yo, respirando hondo, recordándome que mi presente no puede depender de un eco.
Aprender a soltar no significa dejar de querer lo que fue, sino dejar de cargarlo como si todavía definiera lo que soy. Porque lo que soy no se mide en pérdidas, sino en cómo sigo caminando después de ellas.
Todavía pesa… pero cada día lo cargo menos. Todavía duele… pero cada día me rompe menos. Y quizás esa sea la verdadera victoria: no dejar que un recuerdo gobierne lo que viene.
“Soltar no es olvidar, es aprender a vivir sin que el peso del ayer frene el paso hacia mañana.”
Continuará…
Deja un comentario