Tercera entrada de la serie: “Lo que se queda y lo que se suelta”
Hay dolores que nadie ve. Que no dejan marcas en la piel, pero hacen temblar los cimientos por dentro. Son esas heridas invisibles que arrastras en silencio, mientras sonríes hacia afuera para que nadie note la tormenta que llevas dentro.
Durante mucho tiempo caminé con ese peso, creyendo que era debilidad no mostrarlo, que si lo decía en voz alta me juzgarían o lo usarían en mi contra. Aprendí a callar lo que me dolía, a tragar lo que quemaba, a aparentar entereza mientras por dentro me desgarraba.
El problema es que lo que callas, no desaparece: se acumula. Y un día te estalla en la cara. Y entonces entiendes que lo que no se nombra, lo que no se comparte, lo que no se libera, termina por envenenar lo poco que queda en pie.
Ahora lo sé: hablar es también sanar. Poner en palabras el dolor lo hace más pequeño, menos invencible. Compartirlo no lo multiplica: lo divide. Y de repente descubres que no estabas tan solo, que alguien más entiende, que alguien más también sangra en silencio y aún así sigue.
Las heridas invisibles duelen, pero dejan de gobernarte cuando te atreves a mirarlas de frente y a decir: “sí, aquí estoy, roto… pero de pie.”
“Lo que se calla pesa el doble. Lo que se nombra empieza a sanar.”
Continuará…
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