Cuarta entrada de la serie: “Lo que se queda y lo que se suelta”
La decepción no llega de golpe, aunque así lo parezca. Llega despacio, en gestos pequeños que ignoras, en silencios que justificas, en excusas que eliges creer para no mirar de frente lo que duele. Y de repente, un día, todo se cae.
Te das cuenta de que confiaste demasiado, de que entregaste partes de ti a alguien que no supo cuidarlas, y duele… porque no fue un error, fue una elección. Elegiste confiar, elegiste amar, elegiste apostar por alguien que no apostó igual por ti.
La decepción no es solo con la otra persona. Es contigo mismo. Con tus ojos que no quisieron ver, con tu corazón que insistió en quedarse cuando todo indicaba que ya era hora de irse. Esa es la herida más profunda: la de darte cuenta de que te fallaste al priorizar a otro antes que a ti.
Pero también hay algo en esa decepción que abre los ojos. Es la bofetada que te dice: nunca más. Nunca más daré hasta vaciarme. Nunca más me pondré al final de mi propia lista. Nunca más mendigaré un lugar en la vida de alguien.
La decepción es dolorosa, pero también es maestra. Te rompe, sí… pero te enseña a reconstruirte con cimientos más firmes.
“La decepción no mata, pero te obliga a despertar.”
Continuará..
Deja un comentario