952. Cicatriz – Recuerdo

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Segunda entrada de la serie: “Donde se confunden”

Hay heridas que nunca terminan de cerrarse del todo. Aprendemos a convivir con ellas, como quien lleva una marca en la piel que ya no duele al tacto, pero que tampoco desaparece. Una cicatriz no es solo un recordatorio de lo que pasó: es la prueba de que sobrevivimos.

Pero hay días en que esa cicatriz late de nuevo, como si quisiera recordarte no solo el golpe que la provocó, sino todo lo que vino con él. Entonces ya no es una cicatriz, sino un recuerdo. Y ese recuerdo, aunque se vista de pasado, sigue teniendo la capacidad de doler en el presente.

Lo extraño es que una cicatriz nunca miente: siempre está ahí, visible, mostrando lo que atravesaste. El recuerdo, en cambio, se camufla, aparece en silencio, se disfraza de nostalgia, de sueño, de canción. Y cuando menos lo esperas, te devuelve a un lugar que juraste no volver a pisar.

Sin embargo, ambos —cicatriz y recuerdo— cumplen un papel. La cicatriz te dice: “ya no sangras”. El recuerdo susurra: “aún tienes algo que sanar”. Juntos te muestran que no todo lo vivido se borra, pero también que no todo lo vivido tiene que doler igual para siempre.

Quizás la clave no sea olvidar, sino aprender a mirar esa cicatriz sin rencor y ese recuerdo sin derrumbarse. Que uno sea prueba de resistencia y el otro, una lección que ya no te roba el presente.


“La cicatriz es el mapa de lo que atravesaste; el recuerdo, la voz de lo que aprendiste. Uno marca tu piel, el otro tu memoria. Ambos, de alguna manera, te sostienen.”

Continuará…

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