Sexta entrada de la serie: “Donde se confunden”
Por fuera, silencio. Nadie lo nota. Nadie escucha nada. Parece calma, parece control. Pero por dentro, un ruido constante, insoportable, que no se apaga nunca. Una voz que no calla, que repite una y otra vez todo lo que duele, todo lo que falta, todo lo que me persigue.
El silencio es la máscara que uso para que el mundo no se dé cuenta. El ruido interior es la verdad que me atraviesa y me rompe cada día. Y cuando se confunden, lo peor ocurre: todos piensan que estoy bien, cuando en realidad estoy gritando sin sonido, pidiendo auxilio en un idioma que nadie entiende.
El silencio protege, pero también encierra. El ruido interior consume, pero también me recuerda que sigo vivo. Y en esa guerra nadie gana: solo yo, agotado, fingiendo normalidad mientras dentro me estoy desmoronando.
He callado cosas que deberían haber salido a tiempo. He guardado palabras que me quemaban en la boca. He disfrazado de serenidad lo que en realidad era tormenta. Y al final, ese silencio me convierte en cárcel, y ese ruido interior en verdugo.
Por fuera no pasa nada. Por dentro pasa todo. Y esa es la confusión más cruel de todas.
“El silencio engaña a los demás, el ruido interior me destruye a mí.”
Continuará…
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