Si algún día te preguntas por qué te saqué de mi vida, la respuesta es fácil: yo nunca estuve en la tuya.
Aprendí a no esperar nada de nadie, porque quien vive de ilusiones, tarde o temprano muere de decepciones.
Y yo ya morí una vez.
Murió esa parte de mí que aguantaba cualquier cosa con tal de no perder a alguien.
Porque cuando alguien te decepciona, aunque lo perdones, nada vuelve a ser igual. Se rompe algo que ya no tiene arreglo, aunque intentes coserlo con silencios o con excusas.
Con el tiempo entendí que cada quien está con quien quiere estar… y pierde lo que quiere perder. Que lo más sano es no insistir donde ya no hay interés, no seguir llamando a una puerta que solo se abre para dejarte fuera.
Un día también entendí algo más: que no es trabajo de nadie, excepto mío, cuidar de mí, aprender a hacerme feliz, a no depender del amor que otros decidan dar o quitar según su momento.
Porque el amor verdadero, el que vale la pena, debe ser libre.
Y amar… amar siempre debe ser una decisión, nunca una obligación.
“Soltar duele, pero quedarse donde ya no hay amor duele más.”
Continuará…
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