974. Donde se cruzan la esperanza y la resignación

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No siempre supe ponerle nombre a lo que sentía. A veces, lo confundía todo. Lo que era apego lo llamaba amor, lo que era rutina lo confundía con necesidad, y lo que era resignación… lo envolvía en esperanza.

Porque me enseñaron que si uno cree con fuerza, las cosas acaban saliendo bien. Pero nadie me explicó qué pasa cuando lo que deseas no depende solo de ti. Cuando, por más que esperes, la otra persona no vuelve. O lo que es peor… vuelve y se va. Vuelve y duele.

Y ahí es donde nació el conflicto más difícil de mi vida emocional: querer seguir creyendo en lo bonito, mientras todo dentro de mí me gritaba que soltara. Que no me estaba haciendo bien. Que resistir tanto por alguien que no quiere quedarse no es amor, es desgaste.

Me encontré entonces sosteniendo lo imposible… con fe. Alimentando cada día esa versión imaginada de lo que podría haber sido, mientras en el presente recogía los pedazos de un amor que ya no existía.

Pero ¿cómo se entierra algo que se sigue sintiendo? ¿Cómo se deja ir lo que un día te hizo latir tan fuerte?

Eso es la resignación: no rendirse del todo, pero dejar de luchar. Aceptar que el amor no basta cuando no se sostiene entre dos. Que por mucho que uno lo intente, no puede ser si el otro no quiere. Y entonces la esperanza… ya no es impulso, es ancla.

Ahora camino entre ambas. A veces siento que he soltado, que he cerrado el ciclo. Pero basta un recuerdo, una canción o una mirada cruzada en el trabajo… para notar que algo se remueve dentro.

No es deseo de volver, no ya. Es el eco de lo que fui con esa persona. Y aunque me duela, me lo permito. Porque también eso es sanar: poder sentir sin aferrarse. Recordar sin desear. Aceptar sin resignarse del todo.

Y en esa frontera, entre lo que quise y lo que ya no será, entre lo que aún late y lo que ya no busco… me estoy encontrando. No como antes. No tan roto. Pero sí más honesto conmigo.

Porque a veces, en la mezcla de esperanza y resignación, también nace una fuerza silenciosa… la de empezar a quererse de verdad.

Continuará…

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