977. Me cita de cada 13, hoy en 15.

By

La conversación

Ha sido un año y medio demasiado largo. Se lo dije nada más sentarme. He llorado más de lo que quería, tal vez menos de lo que necesitaba… y he pasado meses intentando reconstruirme mientras tenía a dos metros a la persona que más me ha dolido perder. Ella siguió con su vida, con otra persona, y yo me quedé trabajando con ella, viéndola a diario, formándola en el trabajo, teniendo que apoyarla en el mismo y a su vez buscando su apoyo, pero al mismo tiempo, aguantando su indiferencia en muchos momentos y además, mi propio derrumbe.

Él me dijo que debía de ser muy duro. Y lo era. Era como revivir la herida todos los días. Pero también me hizo notar algo que yo no había visto: que, a pesar de todo, seguí adelante. Aunque doliera.

Le confesé que al principio todo lo hacía para que ella viera mi cambio. Quería que entendiera que yo también podía ser mejor. Pero ahora sé que no. Que todo esto lo hice por mí. Para dejar de conformarme con migajas, para dejar de creer que amar significa aguantarlo todo en silencio con tal de no perder a alguien. Aprendí que primero tengo que quererme yo antes de pedirle a alguien que me quiera.

Él me dijo que ese era un gran avance. Y lo pensé: tal vez lo era.

Pero también le conté que duele igual a veces. Porque cuando parece que empiezo a sentir algo por alguien más, cuando me ilusiono un poco, la historia vuelve a repetirse. Como si cada vez que abro la puerta me la cerraran de golpe. Y me estoy cansando. Me cansa poner cariño donde parece que nunca hay un lugar para él. Me cansa apostar y siempre salir perdiendo. Me cansa sentir que quizás ya no queda amor para mí.

Él me dijo que ese cansancio era normal, que después de dar tanto sin recibir lo mismo, el corazón se vuelve más lento para confiar. Que no significa que ya no haya amor para mí, sino que ahora necesito que las cosas sean diferentes. Que no haya guerras emocionales, sino calma.

Y le dije que eso era exactamente: ya no quiero más guerras. No quiero volver a rogarle a nadie que se quede. No quiero sentir que tengo que demostrar que valgo la pena. Quien quiera quedarse, que lo haga sin que yo me deje la vida en ello.

Él me respondió que eso era lo más sano: no cerrar el corazón, pero tampoco abrirlo para repetir las mismas heridas. Amar con calma, sin perderme a mí mismo, porque la paz no es falta de amor… es el terreno donde el amor verdadero puede crecer.

Me preguntó si creía que todavía había amor para mí. Y yo, en voz baja, le dije que no lo sabía. Que me costaba creer.

Me sonrió. Y me dijo que sí, que claro que sí. Pero que sería diferente, porque yo ya soy diferente. Que el amor llegará cuando no tenga que convencer a nadie de que me elija. Cuando pueda ser yo mismo sin sentir que eso es “demasiado”. Y, sobre todo, cuando me elija a mí primero.

Salí de allí con esa idea. Que tal vez no es que el amor no exista… sino que hasta ahora yo siempre había empezado por el final.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario