Segunda entrada de la serie: “Las paredes de mi refugio”
Hubo un tiempo en el que derribaba todas mis paredes por amor.
Creía que amar era dejar la puerta abierta, aunque al otro lado no siempre hubiera alguien esperando.
Que si mostraba todas mis heridas, la otra persona querría quedarse a curarlas.
Pero no siempre fue así.
Aprendí, a base de golpes, que hay quien no entra para quedarse, sino para marcharse cuando más duele.
Que hay quien confunde tu entrega con debilidad, tu amor con obligación, tu paciencia con permiso para hacer daño.
Por eso, ya no derribaré las mismas paredes.
No porque no quiera volver a amar, sino porque ahora sé lo que cuesta reconstruirse.
Ahora sé que mi corazón no es un lugar para visitas temporales, ni para amores que solo están cuando les conviene.
Las paredes que ya no derribaré son las que me protegen de volver a perderme a mí mismo.
Las que me recuerdan que no puedo entregarlo todo a quien no ofrece ni la mitad.
Las que me enseñan que amar no es aguantarlo todo con tal de no estar solo.
Porque quien quiera llegar de verdad, lo hará sin exigirme que me destruya para abrirle la puerta.
Y se quedará, no porque no tenga barreras, sino porque sabrá cruzarlas con cuidado, con respeto, con la certeza de que no está aquí para lastimar.
“Hay paredes que no son para alejar a nadie… son para proteger lo poco que queda en pie.”
Continuará…
Deja un comentario