Cuarta entrada de la serie: “Las paredes de mi refugio”
Hay amores que pesan.
Amores que exigen, que absorben, que te dejan vacío.
Amores donde parece que siempre hay que luchar para mantenerlo todo en pie, donde el cariño depende de lo que hagas bien o de lo que te calles para no molestar.
Yo ya no quiero de esos.
Quiero un amor que no duela.
Uno donde no tenga que perderme a mí mismo para no perder al otro.
Un amor que no te haga sentir que tienes que ganártelo cada día como si fuera un premio que te pueden quitar en cualquier momento.
El amor que no duele no es perfecto, claro que no.
Pero es un lugar donde incluso los días malos se viven juntos, donde los problemas no son excusa para desaparecer, donde nadie utiliza el silencio como castigo ni el cariño como moneda de cambio.
El amor que no duele es el que no te hace sentir pequeño, ni invisible, ni reemplazable.
Es el que entiende que no todo será fácil, pero tampoco tiene por qué ser guerra.
Es el que no te pide renunciar a ti para poder quedarte.
Porque si amar va a doler más de lo que sana, entonces no es amor, es otra cosa.
Y yo ya no quiero de esa otra cosa.
“El amor no debería doler… debería ser el lugar donde hasta el dolor encuentre consuelo.”
Continuará…
Deja un comentario