Quinta entrada de la serie: “Las paredes de mi refugio”
Con el tiempo entendí que el primer lugar donde debía aprender a quedarme era en mí mismo.
Porque no se puede buscar paz en alguien más si por dentro todo es ruido.
No se puede construir un hogar con otra persona cuando uno mismo vive en ruinas.
El refugio interior es aprender a estar bien conmigo, incluso cuando todo fuera parece temblar.
Es dejar de depender de la validación de otros para sentir que valgo.
Es entender que la soledad no siempre es enemiga; a veces es la maestra que te enseña a escucharte, a cuidarte, a elegir con calma.
Este refugio no se construye de un día para otro.
Se hace a base de errores, de despedidas, de días en los que crees que ya no puedes más… pero puedes.
Y cuando empiezas a levantar sus paredes, descubres que no es frialdad ni orgullo: es amor propio.
Porque cuando uno se elige a sí mismo, cuando aprende a vivir en paz consigo, entonces ya no necesita correr detrás de nada ni de nadie.
Y si alguien llega, será para sumar, no para rescatar.
Será para quedarse, no para rellenar vacíos.
El refugio interior es ese lugar donde, por fin, entiendes que tu corazón no puede ser un campo de batalla eterno.
Que mereces calma.
Que mereces amor, pero también mereces no perderte a ti mismo en el intento.
“Primero construye tu refugio interior… y entonces todo lo demás tendrá dónde quedarse.”
Continuará…
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