Segunda entrada de la serie: “Donde se cruzan”
Hay un instante en cada historia donde la confianza y el vértigo se dan la mano.
Ese momento en el que decides abrirte, mostrar tus grietas, dejar que alguien vea lo que nunca enseñas… y justo ahí sientes que podrías perder el equilibrio.
La confianza te invita a saltar.
A dejar de lado las dudas, a creer que esta vez no habrá juicios ni traiciones, que esta vez tu corazón podrá descansar sin miedo a que lo rompan otra vez.
El vértigo, en cambio, te susurra que nada está asegurado.
Te recuerda que ya te has caído antes, que la caída duele, que no siempre quien dice quedarse se queda.
Confiar es soltar el control.
Y para quien ha tenido que sostenerse solo demasiadas veces, eso puede dar más miedo que la soledad misma.
Pero la verdad es que la confianza siempre llega con vértigo.
Porque para que exista, tienes que aceptar que no puedes tener certezas.
Que quien se queda hoy podría no quedarse mañana.
Que amar es arriesgarte a perder.
Tal vez por eso cuesta tanto: porque no es solo entregar la mano, es entregar también la posibilidad de que la suelten.
Y aun así, en algún punto, para vivir de verdad hay que arriesgarse… porque si no confías, no sientes.
Y si no sientes, no vives.
“La confianza no existe sin vértigo… pero es la única forma de aprender a volar sin caer antes de tiempo.”
Continuará…
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