Tercera entrada de la serie: “Donde se cruzan”
Hay relaciones que nacen desde una complicidad casi mágica: miradas que lo dicen todo, silencios que no pesan, risas que aparecen en los momentos más inesperados.
Es esa conexión donde no hacen falta demasiadas palabras para entenderse.
Ese espacio donde sientes que alguien te ve de verdad.
Pero a veces, en medio de esa complicidad, también aparece la distancia.
No siempre es física.
A veces es emocional, como un muro invisible que crece sin que te des cuenta.
Puede ser el miedo, las dudas, las heridas que cada uno carga… o simplemente la vida tirando de ambos en direcciones opuestas.
La complicidad te hace quedarte.
La distancia te hace preguntarte si todavía hay algo que sostenga todo eso.
Y es raro, porque puedes seguir compartiendo risas, recuerdos, hasta planes… pero sentir que, por dentro, el otro ya no está en el mismo lugar que tú.
Esa mezcla duele porque te recuerda que la conexión más bonita no siempre garantiza un final feliz.
Que a veces hay complicidades que no sobreviven a las distancias, por mucho que ambas quieran quedarse.
Quizás lo más difícil sea aceptar que la complicidad y la distancia pueden convivir… y que llega un momento en el que hay que decidir si luchar para volver a acercarse o aprender a soltar lo que ya no puede sostenerse.
“A veces la complicidad sobrevive a la distancia… y a veces es la distancia la que termina ganando.”
Continuará…
Deja un comentario