991. Cuando el corazón aprende a soltar

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Primera entrada de la serie: “Caminar más ligero”

Hay un momento en el que, sin darte cuenta, empiezas a dejar de doler tanto.

No porque la historia deje de importarte de repente, ni porque hayas olvidado todo lo que sentiste.

Simplemente… porque el corazón se cansa.

Se cansa de esperar gestos que no llegan.

Se cansa de cuidar lo que solo tú sostenías.

Se cansa de repetir las mismas heridas, como si no fueran suficientes las cicatrices que ya llevas encima.

En ese punto, no hay un gran “adiós” ni un portazo dramático.

Solo silencio.

Un silencio que ya no pide explicaciones, que no busca respuestas, que no espera nada.

Un silencio que dice: “Hasta aquí llego”.

Y entonces lo entiendes: que a veces amar también es soltar, que a veces el mayor acto de amor propio es dejar de insistir en lo que ya no te abraza igual, que a veces seguir adelante no es un acto de valentía, sino de simple supervivencia emocional.

No sé si es el final de algo o el inicio de otra cosa.

Lo único que sé es que ya no me duele igual.

Y aunque sigo aprendiendo a no cargar con más piedras de las que puedo llevar, sé que mi corazón… por fin está empezando a caminar más ligero.


“A veces el corazón no sana con respuestas… sana con distancia.”

Continuará…

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