Hace poco pasé por una etapa en la que la ansiedad y la tristeza me pesaban más de lo que podía explicar.
Y aun así, nadie lo notó.
Fui a trabajar cada día.
Ayudé a quien lo necesitó.
Sonreí cuando alguien me saludaba y respondí mensajes como si todo estuviera bien.
Mientras por dentro… mi vida era un caos.
Pero nunca usé ese dolor como excusa para herir a nadie.
Porque entendí que mi batalla no tenía por qué convertirse en la de los demás.
Que incluso en medio de la tormenta, uno puede elegir no hacer daño.
A veces lo que más duele no es el silencio de fuera, sino el que uno lleva por dentro.
Y aprender a cargar con él sin perder la humanidad… también es una forma de sobrevivir.
“El dolor no justifica la crueldad. Ni siquiera cuando nadie lo ve.”
Continuará…
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