Con el tiempo entendí que la espera no es solo para quien algún día podría volver… también es para mí. Para todo lo que soy cuando me detengo a mirar lo que llevo dentro.
Esperar me ha obligado a escucharme, a ver de frente mis miedos, mis heridas, mis culpas y mis silencios. Me ha puesto frente al espejo para enseñarme lo mucho que había dejado de lado por intentar cuidar lo que se me escapaba de las manos.
Aprendí que esperar no es quedarme detenido mirando hacia el mismo punto. Es seguir viviendo, pero con la certeza de que hay algo —o alguien— que sigue teniendo un lugar especial en mí.
Descubrí que esta espera me está reconstruyendo. Que no puedo volver a ser el mismo de antes porque ya no quiero serlo. Porque cuando uno espera con amor, no lo hace solo por lo que vendrá, sino también por todo lo que necesita sanar en el camino.
Si un día regresa, encontrará a alguien distinto. Alguien que todavía siente, sí… pero que aprendió a no perderse en lo que siente. Que aprendió a amarse a sí mismo antes que a cualquier otra persona.
Y si no vuelve… al menos sabré que la espera no fue en vano. Porque me devolvió a mí mismo.
Continuará…
Deja un comentario