Hoy sé que ninguna espera es eterna, aunque lo parezca. Todo llega… o todo termina. Y quizá esa es la única certeza que tenemos.
Si un día vuelve, será bonito mirarnos a los ojos y saber que, a pesar de la distancia, a pesar del silencio y del tiempo, hubo algo que nos mantuvo unidos de alguna forma invisible. Será bonito ver que no me rendí, que no dejé que el miedo o la impaciencia ganaran la partida.
Pero si no vuelve… también estará bien. Porque esta espera ya me ha dado algo que no sabía que necesitaba: me ha dado tiempo para reconstruirme, para conocerme, para aprender a estar conmigo sin sentirme vacío.
Entendí que esperar no era quedarme detenido, era caminar a mi ritmo mientras sanaba, mientras me reconstruía. Era darme la oportunidad de creer en algo, incluso cuando no tenía ninguna promesa.
Y tal vez ese sea el mayor regalo de esta espera: que me enseñó a no tener prisa. A entender que el amor, cuando es real, camina despacio, pero siempre hacia adelante.
Continuará…
Deja un comentario