1008. Abrir los ojos… y los oídos

By

Cuando la canción grita lo que mi corazón teme, pero también lo que puede sanar

“No vuelvo a confiar…”

Esa frase de la canción de Shé resuena como un puñetazo en el pecho. Porque a veces es esa promesa la que uno más desea hacer: no volver a alojar su esperanza en quien ya la rompió.

Pero el dolor detrás de esos versos no es solo derrota. Es memoria. Es herida abierta que recuerda. Es un exceso de confianza que fue explotado hasta dejar de creer.

Shé canta:

“Que entregarte al completo y luchar por quien amas nunca es garantía de nada…

Después de dos años me dijo: Lo siento, que yo no era lo que buscaba.”

“Juro que aunque pasen años no vuelvo a confiar.”

(Esta letra revela algo brutalmente sincero: el cansancio de amar sin reciprocidad, la impotencia cuando no hay garantías.)

Esa canción me habla de tantos días en los que sentí que mi entrega era arrastrarme. De jornadas en las que me dolía todo y nada parecía sostenerme. Me cuenta una historia que en parte viví: creer con todo para que al final te digan que eres lo que “no buscaban”.

Pero también me recuerda algo que la canción no dice: que después de ese “nunca más”, aún queda algo de nosotros que puede renacer.


El giro que no es negar el dolor, sino aprender desde él

Porque sí, escucho ese “no vuelvo a confiar” y lo siento. Pero no quiero que sea sentencia eterna. No quiero que sea cárcel para mi alma.

De ese abismo he aprendido:

Que no porque alguien te fallara, tú debas dejar de abrirte. Que no todo silencio es traición, ni toda ausencia es olvido. Que la desconfianza puede necesitar su espacio, pero no puede morar para siempre.

También he aprendido que esperar —aunque suene contradictorio en esta canción— no tiene que ser resignarse. Puede ser construir. Sanar mientras esperas, reinventarte aunque no regresen. Dejar que vuelvan versiones tuyas más completas, más firmes, más tú.

Y un día, cuando tú retires tu espada de desconfianza, encontrarás que ya no necesitas tantas garantías. Porque tu corazón, sabio por herida, ya sabrá distinguir lo sano de lo tóxico. Ya sabrá decir “basta” sin caer en la dureza. Y quizá… volverá a confiar un poco. Con valentía diferente.


“No vuelvo a confiar” no tiene que ser un destino eterno: puede ser el adiós ruidoso a una versión de ti que fue herida, y el saludo silencioso a la que aprende a creer de otro modo.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario