La he extrañado cada uno de los días que han pasado desde aquel en que me dijo que todo se acabó… pero nunca más la voy a volver a buscar, ni a escribirla buscando una respuesta que ya ni en mis sueños aparece, ya no me permitiré caer en la indiferencia una vez más.
Ya entendí que para ella no significaba nada, era apenas un juego que alimentaba tu ego. Y sí, duele, duele demasiado aceptar que entregué mi amor donde no había valor, que regalé mi corazón, mis lágrimas, mis fuerzas y todo lo que podía dar a alguien que no supo quedarse ni cuidarme.
Pero aprendí algo… aferrarme a alguien que no me amaba, alguien para quien sólo era una ayuda ante una necesidad pasajera, era seguir destruyéndome a mi mismo.
Así que tomé la decisión más dolorosa y más valiente: sufrir y soltar. Llevo meses de camino y aunque no lo haya conseguido del todo ya comprendí que soltar no es rendirse, es elegir mi paz, es aprender a amarme tanto que ya no me obligue a mi mismo a mendigar amor donde, posiblemente, nunca lo hubo.
Y aunque la he llorado cada día desde que me echó de su lado, poco a poco estoy reconstruyendo mi corazón, mi autoestima y mi amor propio.
Continuará…
Deja un comentario