Hace algo más de un año se resquebrajó la relación que más me ha marcado con la persona a la que más he querido. Si soy sincero… eso me rompió. Rompió mi rutina, mi manera de entender el amor y, en muchos momentos, también la imagen que tenía de mí mismo.
Hasta ese momento yo pensaba que amar era aguantar, que amar era dar incluso cuando del otro lado llegaban silencios o migajas. Me acostumbré a cuidar sin ser cuidado, a esperar sin recibir, a justificar gestos que me dolían porque tenía miedo de perder a la persona que amaba. Creía que eso era lo correcto, que esa era la forma de amar.
Pero cuando todo se derrumbó, tuve que mirar hacia dentro. Fue como tocar hilos dentro de mí que jamás me había atrevido a tocar. Hilos de dolor, de miedo, de inseguridad… pero también hilos de fortaleza que no sabía que tenía.
Comencé a ir a terapia. A trabajar en mí. A mirar más hacia mí y a conocerme mejor. Al principio fue duro, porque no sabía ni por dónde empezar. Me sentía perdido, pequeño, sin herramientas. Pero, poco a poco, empecé a poner nombre a lo que sentía. Empecé a escribir. A llorar. A contarme verdades que nunca me había dicho.
En ese proceso descubrí algo importante: no era que yo amara “mal”, era que me había olvidado de mí mismo. Había aprendido a callar mis necesidades, a no pedir explicaciones, a no mostrarme dolido por miedo a que me dejaran. Había confundido amor con sacrificio. Y, en silencio, me fui conformando con menos de lo que merecía.
Trabajar en mí no fue ni es fácil. Pero fue necesario. Ahora sé poner límites. Sé decir “esto me duele” sin sentir culpa. Sé que mi valor no depende de que alguien se quede. Sé que amar a otra persona nunca debe significar perderme en el camino.
Hoy, un año después, sigo luchando cada día para poder superarla del todo. No lo voy a negar: hay momentos en que la nostalgia aprieta, en que la herida escuece. Pero ya no vivo de rodillas frente al dolor. Hoy me levanto y sigo.
Sé que todavía me queda camino, pero ahora camino desde otro lugar. Desde alguien que se ha reconstruido con paciencia. Desde alguien que se sigue descubriendo, que está aprendiendo a quererse y a elegir desde la calma.
Quizás, de todo esto, la enseñanza más grande es entender que incluso las historias que más duelen pueden convertirse en el punto de partida para algo nuevo. Que la vida sigue. Que yo sigo. Y que, aunque aún duela, cada día me alejo un poco más de aquel lugar en el que me rompí para acercarme al que quiero habitar: uno donde no me falte mi propia compañía.
Continuará…
Deja un comentario