Hoy me siento en paz.
No porque todo esté bien, ni porque por fin haya encontrado todas las respuestas.
Me siento en paz porque ya no me urge entenderlo todo.
Porque solté la necesidad de correr detrás de lo que se va y aprendí a cuidar lo que se queda.
Ya no me duele como antes.
Lo que duele… duele distinto.
Como una herida que ya cicatriza: deja marca, sí, pero ya no sangra.
Y esa diferencia lo cambia todo.
He dejado de pelearme con el tiempo.
De preguntarme por qué no fue, por qué no vino, por qué no se quedó.
A veces las cosas simplemente no son, y por fin lo acepté sin resentimiento.
Hoy solo agradezco: lo que tuve, lo que tengo y hasta lo que perdí, porque todo, incluso lo que dolió, me trajo hasta aquí.
Hoy me siento en paz.
No por la ausencia de ruido, sino porque aprendí a convivir con el silencio sin temerle.
Porque entendí que estar solo no siempre es estar vacío.
A veces es simplemente escucharse, abrazarse, reconocerse.
Ya no busco que me amen como salvación, sino como compañía.
Porque quien te ama no te rescata, te acompaña mientras aprendes a sostenerte solo.
Y yo… al fin aprendí a mirarme con ternura.
A no castigarme por no ser invencible, a descansar sin sentir culpa, a soltar lo que no me pertenece aunque duela.
Hoy me siento en paz.
Porque elegí no cargar más de lo que puedo sostener.
Porque entendí que parar no es rendirse, que descansar también es seguir.
Y, sobre todo, porque descubrí que estar en paz no es no sentir, sino poder sentirlo todo sin romperme.
Continuará…
Deja un comentario