Llevo casi dieciocho años gestionando equipos.
Dieciocho años trabajando con dedicación, esfuerzo y compromiso para que las cosas funcionen, para que los números cuadren, para que los proyectos avancen.
Pero últimamente siento que algo en mí se ha ido apagando.
No hablo sólo del cansancio físico, sino del desgaste emocional que deja el darlo todo, día tras día, sin sentir que ese esfuerzo tiene un propósito más allá de mantener la rueda girando.
Es duro darte cuenta de que, si mañana no estás, todo seguirá igual.
Que, por mucho que te impliques, hay lugares donde lo humano se diluye entre objetivos, resultados y cifras.
Y, siendo honesto, a este cansancio se suma otro que pesa más: el de seguir lidiando con una historia que no termina de cerrarse.
Verla cada día.
Escuchar su voz en conversaciones de trabajo que no puedo evitar.
Y, por si fuera poco, tener que sostenerla.
Apoyarla.
Intentar que vea todo el potencial que tiene, ese que todo el mundo ve menos ella, ese que la mayoría de las veces se empeña en desperdiciar por pura testarudez o, quizás, por inseguridad.
Y hacerlo sin derrumbarme por dentro, sin que se note que me sigue doliendo, sin que la rutina se convierta en un recordatorio constante de lo que ya no es.
No sé qué me desgasta más: si la rutina laboral o esa herida que aún no termina de cicatrizar.
Quizás por eso, y por muchas cosas más, he decidido girar el rumbo.
Ciento ochenta grados.
No por impulso, sino por necesidad.
Porque ya no quiero seguir sosteniendo una vida que me vacía por dentro, ni seguir trabajando por sueños que no son míos.
Me estoy planteando abrir algo propio.
Un proyecto pequeño, quizás incierto, pero mío.
Algo que me devuelva la ilusión, el sentido, las ganas de seguir creciendo sin tener que dejarme la salud y la paz en el camino.
Sé que no será fácil, pero siento que no hacerlo sería mucho peor.
Porque llega un momento en que seguir como estás deja de ser una opción.
Y entonces entiendes que apostar por ti mismo no es egoísmo, es un acto de supervivencia.
Si me equivoco, aprenderé.
Si acierto, habré ganado más que estabilidad: habré recuperado la vida que quiero vivir.
Y eso, al final, es lo único que realmente importa.
Aprender a soltar incluso lo que cuidamos bien sea un trabajo, una persona o cualquier cosa que nos esté rompiendo poco a poco.
A veces la vida te obliga a sostener lo que más te duele.
A cuidar lo que ya no te pertenece.
A ser apoyo para quien alguna vez fue refugio.
Y ahí, justo ahí, se pone a prueba tu capacidad de sanar sin rencor, de seguir ayudando aunque duela, de mantenerte fiel a quien eres incluso cuando nadie lo nota.
Pero llega un momento en que entiendes que no puedes salvar a quien no quiere salvarse, ni seguir cargando con lo que te rompe mientras intentas sostenerlo.
Aprendes que hay un punto donde el amor propio te pide paso, donde el alma te grita que también mereces descanso, y que soltar no siempre es rendirse: a veces, es simplemente sobrevivir con dignidad.
Así que, aunque todavía duela, aunque cueste mirar hacia adelante sin mirar atrás, sé que este cambio no nace del cansancio, sino del amor.
Del amor por mí mismo.
Por lo que queda de mí después de tanto sostener.
Continuará…
Deja un comentario