1038. Cuando ya no duele igual

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Hay un momento —no sé exactamente cuándo llega— en el que el dolor cambia de forma.

Ya no quema, ya no asfixia, ya no te deja sin aire.

Simplemente… duele distinto.

Como si el alma hubiera aprendido a respirar dentro de la herida.

No significa que hayas olvidado, ni que todo esté bien.

Solo que el corazón, cansado de resistir, empieza a rendirse de otra manera: no por derrota, sino por descanso.

Porque entender que algo terminó también es una forma de amor propio.

Últimamente, no busco grandes respuestas.

Solo quiero paz.

Quiero sentir que cada cosa ocupa su lugar, incluso aquello que dolió demasiado.

Y si todavía no está en orden, al menos saber que ya no me quedo atascado en el mismo punto, repitiendo lo que no puedo cambiar.

Quizás eso sea sanar: dejar de intentar entender por qué, y empezar a aceptar que así fue.

Dejar de luchar contra lo que ya pasó, y mirar hacia adelante con una calma que antes no conocía.

Hoy no me pesa tanto.

Hay días que aún me tambalean, pero ya no me rompen.

He aprendido a sostenerme, incluso cuando todo parece detenerse.

A cuidar de mí cuando nadie lo nota, y a dejar de esperar de otros lo que ahora me doy yo mismo: comprensión, tiempo, y un poco de ternura.

No sé si algún día el recuerdo dejará de doler del todo, pero ya no necesito que desaparezca para seguir viviendo.

A veces, basta con saber que puedo mirar atrás sin hundirme.

Y eso, después de tanto, ya es un avance.


El eco del tiempo

Sanar no es olvidar.

Es aprender a escuchar el silencio sin miedo, a mirar la herida sin temblar, a recordar sin quedarse a vivir allí.

El tiempo no lo borra todo, pero enseña a respirar distinto.

Y en ese nuevo aire, más sereno, quizás… empiece de verdad la paz.

Continuará…

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