Esta semana me he sentido en pausa.
No porque no pasaran cosas, sino porque todo lo que pasa últimamente parece repetirse con distinto disfraz: el cansancio, el peso del trabajo, las emociones que no sé nombrar, el eco de lo que aún no se apaga dentro de mí.
A veces no sé si estoy avanzando o sólo dando vueltas al mismo dolor con distinto ángulo.
He sentido rabia, miedo, vacío… y una tristeza que no termina de irse.
Rabia por seguir sosteniendo lo que ya me rompe, miedo a dar el salto hacia lo desconocido, y vacío por seguir entregándome incluso cuando no me queda nada.
Es agotador intentar ser fuerte cuando dentro sólo queda silencio.
Y aun así, sigo.
Aunque no sepa muy bien hacia dónde.
Aunque no tenga claro si esto es reconstrucción o simple resistencia.
Sigo porque algo dentro de mí —ese algo que no sé cómo se llama— se niega a rendirse.
Porque, a pesar de todo, todavía hay una parte de mí que quiere creer que el dolor también puede ser una forma de renacer.
A veces vivir no es avanzar, sino aguantar el peso sin dejar de respirar.
Y si esta semana no aprendí nada más, al menos entendí que seguir —aunque sea desde la herida— también cuenta como un acto de fe.
Continuará…
Deja un comentario