A veces hay que morir un poco para volver a vivir.
Y no hablo de dejar de respirar, sino de soltar lo que un día nos dio vida y ya solo pesa.
Morimos cuando se apaga un sueño, cuando el amor se marchita sin aviso, cuando la soledad deja de ser refugio y se convierte en vacío.
Morimos cuando entendemos que hay cosas que no volverán, personas que no regresarán, y versiones de nosotros que ya no existen.
Pero la vida, testaruda como es, siempre vuelve.
En otra forma, en otro color, en otra flor.
A veces disfrazada de rutina tranquila, de una nueva mirada, de alguien que te escucha sin pedir explicaciones, de una paz que antes no conocías.
Y entonces entiendes que vivir, en realidad, es morir un poco para poder florecer de nuevo.
Que cada pérdida también es una semilla.
Y que cada lágrima, si la dejas caer, acaba siendo agua que riega lo que vendrá.
Hoy lo comprendo: no todo lo que muere termina.
Algunas cosas solo cambian de piel.
Y quizás de eso se trate —de aprender a renacer sin olvidar lo que dolió—, de seguir creyendo en la primavera incluso en pleno invierno.
🌿 “He muerto mil veces… y en cada una aprendí una forma distinta de volver a vivir.”
Continuará…
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