Dedicatoria especial
A quien un día me pidió que la cuidara… y aun así me dejó sólo con todo lo que dolía.
A quien dijo que estaría, pero se marchó justo cuando más temblaba.
A quien me enseñó —sin pretenderlo— que hay ausencias que pesan más que cualquier despedida.
A ti, que no nombro, porque ya no hace falta decir tu nombre para que te reconozcas entre estas líneas.
No creo que llegues a leer esto, pero si lo haces y al leerlo te duele, no es por lo que escribo… es por lo que no hiciste.
Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar el alma.
Aprende que el amor no es promesa ni posesión, y que la piel —aunque abrace— no siempre sostiene.
Con el tiempo descubres que acostarse con alguien no significa quedarse, que una compañía no es una garantía, y que algunos besos sólo llenan la boca… pero vacían el pecho.
Empiezas a aceptar tus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, como quien finalmente entiende que no puede salvar lo que no quiere salvarse, ni sostener a quien suelta primero.
Descubres que solo quien te ama con tus defectos, sin pretender lijarte el alma ni moldearte a su comodidad, es capaz de darte la felicidad que mereces.
Porque el cariño que exige que te encojas no es cariño… es miedo disfrazado de amor.
También aprendes que los verdaderos amigos caben en una mano, y que quien no lucha por ellos termina rodeado de sombras disfrazadas de compañía.
Que disculparse lo hace cualquiera, pero perdonar… eso es solo para quienes llevan un corazón demasiado grande o demasiado herido.
Entiendes que cada persona que pasa por tu vida deja una versión de ti que no vuelve, y que no todos se quedan para ver quién eres después de romperte.
Aprendes —a veces tarde, casi siempre a golpes— que forzar lo que no quiere ocurrir sólo consigue que, al final, nada sea como esperabas.
Y terminas aceptando que el único lugar donde puedes construir algo verdadero es el hoy.
Porque el mañana es incierto, el ayer pesa, y quedarse donde ya no existes… sólo te atrapa en un bucle que no perdona.
No sé si esto es crecer, sanar o simplemente rendirse a la verdad, pero sí sé algo:
Cada vez que suelto lo que me rompió, vuelvo a encontrar un pedazo de mí que creí haber perdido para siempre.
Continuará…
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