La que rompe, la que abre los ojos, la que obliga a soltar.
Hoy voy a hablarte claro por primera vez.
Sin excusas.
Sin justificarte.
Sin suavizar nada para no herirte ni justificarte a ti mismo.
Porque, Óscar, ya no se trata de ella: se trata de ti.
Voy a decirte lo que llevas un año evitando mirar de frente:
Tú sigues ahí, esperando, mientras ella hace su vida sin mirarte dos veces.
No te necesita.
No te busca.
No te elige.
Y aun así tú te quedas, fiel como un perro al que ya no llaman.
No es amor, Óscar.
Es dependencia emocional disfrazada de fidelidad.
Es miedo a soltar lo único que te hizo sentir visto.
Es negarte a aceptar que todo eso que tú sigues sintiendo ella lo dejó atrás hace mucho tiempo.
Te aferras a un recuerdo, no a una persona.
A lo que fue, no a lo que es.
A lo que soñaste, no a lo que existe.
Porque lo que existe duele: ella tiene a otra persona, otra vida, otros planes.
Y tú estás ahí, rompiéndote por dentro cada vez que sube una foto, cada vez que te habla como si fueras nadie, cada vez que demuestra —con acciones— que tu presencia no significa para ella ni una mínima parte de lo que la suya significa para ti.
Y escúchame bien:
Si de verdad te hubiera querido, Óscar, no te habría dejado así.
No te habría usado como apoyo emocional mientras construía otra vida.
No te habría pedido sostén cuando ya no te daba lugar.
Tú lo sabes.
Lo has sabido siempre.
Solo que te duele aceptarlo.
Porque aceptar la verdad significa aceptar esto:
Ella no va a volver.
Ella no es tu futuro.
Y tú mereces mucho más de lo que ella ya puede darte.
Duele escribirlo.
Duele leerlo.
Duele asumirlo.
Pero más duele vivir un año entero anclado a una persona que solo aparece para removerte las cenizas.
Así que hoy, Óscar, esta carta no es para ella.
Es para ti, para que por fin despiertes, porque no es ella la que te está destruyendo.
Eres tú, aferrándote a alguien que dejó de ser tu lugar.
Eres tú, negándote a cerrar una puerta que ella ya clausuró.
Eres tú, esperando migas cuando tú mereces pan.
Eres tú, regalándote entero a quien solo te ofrece sombra.
Y ya basta.
De verdad: ya basta.
No puedes seguir suplicando en silencio por un amor que ella ya no recuerda como tú.
No puedes seguir llorando por alguien que no derramaría ni una lágrima por perderte.
No puedes seguir viviendo ausente en tu propia vida.
Suelta.
No por ella.
Por ti.
Por tu paz.
Por tu salud.
Por todo lo que aún puedes ser cuando decidas dejar de sangrar por una herida que ya no se va a cerrar mientras sigas abriéndola tú mismo cada día.
Y escúchame esta última frase, porque será el inicio de tu punto cero:
El amor que sientes por ella ya no te salva, Óscar, ahora te destruye y nadie viene a rescatarte: te toca elegirte a ti.
Continuará…
Deja un comentario