1071. 365 días de cenizas y renacer. Parte 1

By

Entrada 1 — Cuando escribir era la única forma de no romperme

Hace un año exacto, no estaba escribiendo para sanar: estaba escribiendo para no desaparecer.

No pensaba en lectores, ni en series, ni en comentarios, ni en evolución emocional.

No sabía que estaba construyendo un refugio.

Sólo quería explicarme… explicarme a mí mismo y explicarle a ella lo que nunca supe decirle antes.

Porque cuando abrí este espacio, estaba convencido de que cada palabra era un puente hacia S.

Pensaba que si lograba ordenar todo aquello que me ardía por dentro —mi alexitimia, mis miedos, mi silencio, mi forma de amar torpe pero real— quizá ella volvería a verme como antes.

Quizá entendería lo que no supe mostrar.

Quizá reconocería lo que seguía sintiendo.

Pero no volvió.

Y lo más duro, lo que aún escuece cuando lo recuerdo, es que ya no había nada a lo que pudiera volver.

Solo quedaban migas… y yo las recogía como si fueran un banquete.

Ahí empezó realmente este blog.

No nació como un cuaderno bonito.

Ni como un proyecto literario.

Ni como un diario romántico.

Nació como la forma más honesta que encontré de no quedarme atrapado para siempre en la persona que S me hacía creer que era.


Los primeros meses: escribir para no hundirme

Mis primeras entradas —esas que hoy leo y me remueven el estómago— eran puro grito silencioso.

Dolían, sí.

Eran crudas, torpes, desbordadas, sí.

Pero tenían una verdad que ahora, un año después, entiendo mejor: estaba empezando a saber colocar con palabras lo que sentía por primera vez en mi vida.

La alexitimia me había robado las palabras durante años.

Yo vivía, quería, sufría… pero no sabía nombrarlo.

Ese bloqueo emocional había arruinado relaciones, decisiones, conversaciones y sueños.

Y justo cuando descubrí lo que me pasaba, fue demasiado tarde para salvar lo que más quería.

El blog se convirtió entonces en una especie de rehabilitación emocional.

Cada entrada era un músculo nuevo que estaba aprendiendo a mover.

Cada frase era una grieta que dejaba respirar.

Cada lágrima que caía sobre el móvil, sobre el teclado, sobre el papel… era parte del proceso.


El punto de inflexión: cuando dejé de escribir para S

Tardé meses en darme cuenta.

Meses.

Pero un día —no sé cuál, porque los cambios no tienen fecha, tienen emoción— dejé de escribir para ella.

Y empecé a escribir por mí.

Para entenderme.

Para salvarme.

Para dejar de traicionarme.

Para ver mi historia con mis propios ojos por primera vez.

Y ocurrió algo que nunca habría imaginado: personas que no me conocían empezaron a reconocerse en mí.

Personas rotas, personas sanando, personas que nunca habían dicho en voz alta lo que yo me atreví a escribir.

Las primeras respuestas de Blanca.

Los abrazos escritos de Abril.

Los “gracias” de gente que encontró en mis heridas un espejo, una compañía, una luz pequeñita.

Mi dolor —ese que casi me destruye— empezó a iluminar el camino de otros.


La mitad del año: el descubrimiento más duro

Hubo un punto (quizá abril, quizá mayo) en el que me di cuenta de que estaba escribiendo muchísimo… pero no estaba soltando.

Seguía amándola con una fidelidad que no habría soportado nadie que supiera cuánto dolía.

Seguía sintiendo que perderla era culpa mía.

Seguía pensando que si hubiera descubierto mi alexitimia antes, si hubiera aprendido a hablar, si hubiera pedido ayuda, si hubiera sabido reaccionar… todo sería distinto.

Pero por primera vez, empecé a mirarme sin filtros:

No la perdí.

Ella ya no estaba.

Ella ya se había ido antes de que yo supiera qué me pasaba.

Esa verdad me rompió, pero también me abrió.


La otra mitad del año: el renacimiento silencioso

Sin darme cuenta, empecé a hacer cosas que yo mismo habría considerado imposibles hace un año:

– Expresarme sin miedo a parecer vulnerable.

– Analizarme con una profundidad que antes me asustaba.

– Escribir series enteras que eran casi terapias completas.

– Afrontar cada día viéndola en el trabajo sin derrumbarme.

– Avanzar aunque doliera.

– Elegir no idealizar.

– Plantearme sueños nuevos.

Y lo más simbólico, lo más extraño, lo que más me cuesta aún reconocer:

Estoy creando un plan de negocio con mi propio nombre.

Con mi historia.

Con mi valor.

Yo.

El mismo que hace un año no sabía ni quién era.


Hoy: un año después

Hoy ya no escribo para que vuelva.

Hoy no escribo para explicarme ante nadie.

Hoy no escribo para justificarme.

Hoy no escribo para demostrar nada.

Hoy escribo porque si no lo hago, me traiciono.

Hoy escribo porque he descubierto que sí siento, que sí amo, que sí puedo reconstruirme.

Hoy escribo porque este blog —mi hijo, como lo llamo— se ha convertido en el lugar donde renazco una y otra vez.

Y claro que duele.

Claro que sigo roto en partes.

Claro que esto no es un final.

Pero por primera vez en mucho tiempo… no estoy muerto por dentro.

Estoy vivo.

Herido, sí.

Cansado, sí.

Pero vivo.

Y escribiendo.

Y evolucionando.

Y avanzando… aunque duela.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario