Entrada 2 — Cuando descubrí que mi dolor también era verdad
Durante mucho tiempo pensé que mi dolor era exagerado.
Que estaba sintiendo “de más”.
Que no tenía derecho a estar tan roto por alguien que ya no estaba.
Que mi sufrimiento era una respuesta desproporcionada, inmadura, torpe.
Siempre pensé que lo mío no contaba.
Ella tenía sus motivos.
Ella tenía sus heridas.
Ella tenía su forma de sentir.
Yo… yo, tenía silencio.
Y un corazón que no sabía usar palabras.
Así que cuando ella se alejó, cuando dejó de elegirme, cuando me culpó por no saber expresarme, cuando me habló como si yo fuera menos, como si yo no hubiera hecho suficiente… yo me lo creí.
Me convencí de que todo lo que dolía dentro era culpa mía.
Creí que no tenía derecho a llorar.
Creí que no tenía derecho a romperme.
Creí que mi dolor era una molestia para el mundo.
Y que tenía que tragarlo, sostenerlo y callarme.
Ese fue el primer veneno del que tuve que desintoxicarme: la idea de que lo mío no importaba.
El día que me vi por dentro por primera vez
Un día, escribiendo aquí, pasó algo que no esperaba.
No fue un comentario.
No fue una frase bonita.
No fue una revelación espiritual.
Fui yo mismo.
Mientras escribía, mientras rompía una capa más de silencio, mientras me obligaba a nombrar algo que nunca antes había dicho… sentí por primera vez que mi dolor también era verdad.
Que no era inventado.
Que no era exagerado.
Que no era un capricho emocional.
Que no era una “sensibilidad excesiva”.
Que no era un problema de carácter.
Era dolor.
Real.
Profundo.
Años acumulado.
Años silenciado.
Era mi dolor.
Y tenía derecho a existir.
Ahí entendí algo que me costó meses aceptar:
No duele más lo que te hacen, sino lo que nunca te dejaron decir.
El segundo veneno: creer que sufrir por amor es normal
Me llevó muchísimo tiempo comprender que lo que vivía no era “amor puro”, ni “amor intenso”, ni “amor de verdad”.
Era apego.
Era carencia.
Era miedo.
Era dependencia emocional disfrazada de romanticismo.
Me aferré a ella como quien se aferra a la última tabla en mitad del océano, como si soltarla fuera equivalente a hundirme.
No me di cuenta de que ya estaba hundido.
Que no me estaba sosteniendo.
Que no era mi tabla, sino mi carga.
Ella pedía, yo daba.
Ella reclamaba, yo callaba.
Ella se enfadaba, yo cedía.
Ella se marchaba, yo esperaba.
Ella elegía a otros, y yo me culpaba a mí.
Un año después, puedo decirlo sin miedo:
No era amor lo que me hacía quedarme.
Era miedo a no ser amado nunca más.
Y eso… eso sí que duele cuando lo reconoces.
Cuando alguien me dijo “te lo mereces todo” y no supe qué responder
En este año, gente que no conozco físicamente me ha dicho cosas que nadie me había dicho nunca:
“Eres valioso.”
“Tienes un corazón enorme.”
“Te admiro.”
“No estás solo.”
“Lo que sientes importa.”
La primera vez que leí algo así, mi reacción fue casi ridícula: miré hacia atrás.
Literalmente.
Como si fueran para otro.
Nunca supe recibir amor sin desconfiar.
Nunca supe recibir cariño sin creer que era un error.
Nunca supe aceptar que alguien pudiera quererme por quien era y no por lo que hacía.
Pero poco a poco… muy poco a poco… esas palabras ajenas empezaron a hacer algo dentro de mí: quebraron la mentira más grande que llevaba años repitiéndome:
Que yo no merecía amor si no me esforzaba por ganarlo.
Ahí nació la segunda parte de mi renacer: descubrir que mi valor no dependía de nadie.
Hoy: mi dolor ya no pide permiso
Hoy sé que tengo derecho a sentir.
Derecho a romperme.
Derecho a dolerme.
Derecho a llorar.
Derecho a estar perdido.
Derecho a necesitar.
Derecho a pedir.
Mi dolor ya no es un intruso: es parte de mi historia.
Y aunque sigo amándola, aunque sigo viéndola cada día, aunque sigo sobreviviendo a cada golpe invisible que deja su presencia… ya no me escondo de lo que siento.
Porque si algo aprendí en estos 365 días es esto:
Lo que no se siente, no se sana.
Y lo que no se nombra, no se libera.
Hoy sé que mi dolor también era verdad.
Y que reconocerlo fue mi primer acto real de amor propio.
Continuará…
Deja un comentario