1075. 365 días de cenizas y renacer. Parte 5

By

Entrada 5 — Cuando descubrí que sentir también dolía… pero no mataba

Siempre pensé que sentir era un lujo que otros tenían y yo no.

Que las emociones eran como un idioma que todos hablaban menos yo.

Que el problema era que no sabía sentir, cuando en realidad… lo que no sabía era cómo sostener lo que sentía.

Y durante años, sin darme cuenta, viví de esa forma: medio presente, medio ausente, queriendo mucho pero expresándolo poco, sintiendo todo pero escondiéndolo detrás de silencios, torpezas, bloqueos y miedos.

Entonces llegó ella.

Y con ella… todo lo que nunca supe manejar.

Pero el descubrimiento no fue ella.

Fue lo que vino después.

Fue este año.


Sentir la pérdida fue la primera vez que sentí de verdad

La ruptura con S no fue solo el final de una historia.

Fue el inicio brutal de algo que yo no sabía hacer: sentir sin filtros.

De repente, todo lo que durante años había escondido bajo capas de alexitimia, evitación y miedo, estalló de golpe.

Sin avisar.

Sin darme tregua.

Y dolió.

Dolió con una intensidad que jamás había imaginado.

Dolió como si me arrancaran algo que era mío.

Dolió como si lo que se estaba rompiendo fuera yo, no la relación.

Pero en medio de todo ese dolor, descubrí algo que me cambió la vida:

El dolor no me mató.

El dolor me despertó.


Sentir dolía, sí… pero seguir sin sentir era morirme en vida

Lo entendí meses después, cuando empecé a leer mis propias entradas desde otra perspectiva.

Había sufrimiento, sí.

Había desesperación, sí.

Había noches en las que escribir era lo único que me sostenía, sí.

Pero entre todas esas líneas había algo nuevo: vida.

Por primera vez estaba sintiendo conscientemente: miedo, tristeza, abandono, amor, pérdida, culpa, ternura, dependencia, apego, deseo, frustración, nostalgia.

Era feo.

Era incómodo.

Era devastador.

Pero era real.

Y lo real, por muy duro que sea, siempre te salva más que lo que niegas.


Descubrí que no era incapaz de sentir… era incapaz de afrontarlo

Ese fue uno de los golpes más difíciles de encajar.

Mi alexitimia no significaba que no sintiera.

Significaba que no sabía traducirme.

Que mis emociones eran como una lengua desconocida, sin subtítulos.

Que confundía señales, mezclaba sensaciones, evitaba conflictos porque no sabía gestionarlos… y todo eso creaba daños que nunca quise causar.

Cuando entendí esto, algo dentro de mí se aflojó.

Porque no era “no sientes”.

Era “nunca te enseñaron a quedarte dentro de ti”.

Y este año ha sido eso: un aprendizaje lento, a veces cruel, otras veces revelador.

Un año entero de traducirme.

De ponerle nombre al nudo.

De diferenciar dolor de culpa, apego de amor, miedo de pérdida.


Sentir no me destruyó. Me definió.

Empecé el año temiendo mis emociones.

Temiendo que me derrumbaran.

Temiendo que fueran más de lo que podía manejar.

Y resultó que lo eran.

Pero también resultó que podía con ellas.

Que sí dolían.

Pero también dejaban espacio.

Que sí rompían.

Pero también reconstruían.

Que sí pesaban.

Pero también enseñaban.

El dolor fue la primera señal de que estaba vivo.

Y que lo que me estaba destruyendo no era lo que sentía… sino haberlo guardado tanto tiempo.


Ese fue uno de mis mayores aprendizajes este año: no me morí por sentir. Me moría cuando no sentía.

Y eso lo cambió todo.

No para siempre.

No mágicamente.

No de golpe.

Pero cambió la forma en que me miro.

La forma en que escribo.

La forma en que amo.

La forma en que sigo adelante, incluso cuando sigo roto.

Porque hoy sé algo que hace un año era imposible siquiera imaginar:

Sentir me dolió, sí.

Pero también me devolvió a mí.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario