Entrada 6 — Cuando el amor siguió vivo solo en mí
Hay verdades que uno no quiere mirar, aunque las tenga delante todos los días.
Aunque duelan.
Aunque quemen.
Aunque te desgarren por dentro.
Esta es una de esas:
Yo seguí amando cuando ya no había nadie al otro lado.
S no me quería como antes.
No me veía como antes.
No me soñaba como antes.
No me elegía como antes.
Y aun así… yo seguía ahí.
No porque fuera tonto.
No porque estuviera ciego.
No porque no entendiera lo que estaba pasando.
Sino porque el amor que yo sentía era real, y lo real… no se apaga porque sí.
Ella ya había cerrado la puerta… pero yo seguía golpeándola desde dentro
Es duro admitirlo así, con todas las letras.
Pero es la verdad.
Ella ya no estaba.
Su corazón ya no estaba.
Sus planes ya no estaban.
Su mirada ya no me buscaba.
Su vida ya iba por otro camino.
Y sin embargo, yo seguía construyendo futuros que ya no existían.
Seguía imaginando mañanas que ya no eran posibles.
Seguía sosteniendo un amor que se había quedado huérfano.
Era un sentimiento vivo… en un lugar muerto.
El amor no fue mutuo durante mucho tiempo, pero yo no supe dejar de sentirlo
Siguió vivo en mí: en mis mañanas, en mis rutinas, en mis desvelos, en mi forma de cuidarla incluso sin tener derecho ya a hacerlo.
Siguió vivo en mis pensamientos, en mis preocupaciones, en mi miedo a que estuviera mal, en mis deseos de que fuera feliz aunque fuera lejos de mí.
Siguió vivo cuando ella reconstruyó su vida con otra persona.
Siguió vivo cuando yo me quedé solo recogiendo los restos.
Siguió vivo incluso cuando me hizo daño sin querer… o queriendo menos de lo que yo necesitaba.
Y siguió vivo cuando tuvo el valor de decirme que ya no había nada.
Lo escuché.
Lo entendí.
Pero no supe desconectar el corazón.
Así que seguí.
Amando en silencio.
Amando sin ser elegido.
Amando sin ser visto.
Amar solo no fue mi error: fue mi herida
No sé en qué momento exacto se rompió todo, pero sí sé cuándo empecé a desangrarme: cuando intenté sostener un “nosotros” que solo quedaba en mí.
Me hablé bien.
Me hablé mal.
Me repetí que debía soltar.
Me culpé por no conseguirlo.
Me esforcé por entenderla.
Me esforcé por entenderme.
Pero el amor no se apaga con lógica.
No se borra con fuerza de voluntad.
No desaparece porque quieras que desaparezca.
El amor, cuando es profundo, se queda en los huesos.
En lo que duele.
En lo que callas.
En lo que sueñas.
En lo que pierdes.
A veces amar solo también es amar demasiado
Y eso fue lo que hice.
Como si mis manos aún pudieran sostenerla.
Como si mis palabras aún pudieran alcanzarla.
Como si mis sueños aún pudieran ser compartidos.
Como si mis ganas fueran suficientes para salvar algo que ya no existía.
Amé demasiado tiempo a quien ya no me amaba.
Y eso me rompió.
Pero también me mostró una verdad que nunca habría descubierto de otra forma:
El amor que quedó en mí no era debilidad.
Era una prueba de lo que soy capaz de sentir.
Hoy lo sé: el amor siguió vivo en mí porque yo sigo vivo
Sí, sigo amándola a veces.
Sigo recordándola a veces.
Sigo soñándola a veces.
Pero ya no me avergüenza decirlo.
Ya no me castigo por sentirlo.
Ya no lo escondo bajo la alfombra.
Porque ese amor —el que me quedó, el que me sostuvo, el que me destruyó y el que me reconstruyó— fue también parte de mi renacer.
Fue mi herida, pero también mi nacimiento emocional.
Hoy no sé si la olvidaré del todo algún día.
Pero sí sé algo que antes no sabía:
Ese amor ya no me define.
Ya no me gobierna.
Ya no me dirige.
Ya no me encadena.
Hoy es solo una parte de mi historia.
Un lugar donde me quedé demasiado tiempo, sí.
Pero también un lugar desde el que aprendí a vivir.
Y aunque todavía duela un poco…
ya no arde como antes.
Ya no me quema.
Ya no me mata.
Continuará…
Deja un comentario