1077. 365 días de cenizas y renacer. Parte 7

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Entrada 7 — Cuando aprendí a dejar de culparme

Durante mucho tiempo pensé que todo lo que pasó fue culpa mía.

Que si la había perdido era porque no supe querer bien.

Porque no hablé a tiempo.

Porque no dije lo que sentía.

Porque no entendí lo que ella necesitaba.

Porque no era lo suficiente.

Ese pensamiento me acompañó durante meses como un castigo silencioso:

“Si yo hubiera sido diferente, nada habría terminado así.”

Y lo repetí tantas veces que llegué a creerlo.


La culpa fue mi forma de justificar lo injustificable

Me culpé porque era más fácil culparme que aceptar la verdad:

que había cosas que no dependían de mí.

Que ella ya no estaba.

Que su corazón se había movido hacia otro lugar.

Que yo seguía queriendo salvar una historia que ya no era mía.

La culpa me hacía sentir que tenía algún control.

Que podía haber hecho algo diferente.

Que podía haber cambiado el final.

Pero no.

No podía.

No era así.

Nunca lo fue.


Yo no la perdí. Ella ya había elegido irse.

Me costó meses darle forma a esa frase.

Meses mirándola cada día en el trabajo, intentando entender señales que no existían.

Meses recogiendo migajas como si fueran promesas.

Meses creyendo que si me esforzaba un poco más, si sanaba un poco más, si mejoraba un poco más… ella volvería.

Pero no volvió.

Porque no había vuelta posible.

La realidad —esa que dolió más que cualquier otra— era que ella ya había tomado su decisión mucho antes de que yo entendiera qué me pasaba por dentro.

Ella se había ido.

Yo solo llegué tarde a comprenderlo.


La culpa fue siempre una ilusión

No podía haber hecho nada.

No podía haber hablado antes porque no sabía cómo hablar.

No podía haber sentido diferente porque no sabía sentir.

No podía haber gestionado mejor porque no tenía las herramientas.

No podía haber salvado algo que ya estaba roto antes de que yo siquiera viera las grietas.

La culpa me decía que yo era el problema.

La realidad me decía que yo solo era humano.

Un hombre que no sabía expresar, sí.

Un hombre con heridas profundas, sí.

Un hombre que actuó desde el miedo, desde la inseguridad, desde el amor… sí.

Pero nunca desde la maldad.

Nunca desde la indiferencia.

Nunca desde la falta de amor.


Perdonarme fue más difícil que perdonarla

A ella la perdoné mil veces incluso antes de que me hiciera daño.

A mí no supe perdonarme ni siquiera cuando empecé a sanar.

Me costó aceptar que hice lo que pude.

Con lo que tenía.

Con lo que sabía.

Con lo que era.

Me costó reconocer que, aunque no lo supiera entonces, yo también merecía que alguien me cuidara, me escuchara y me eligiera.

Me costó soltar la idea de que amar mal era sinónimo de ser malo.

Porque no lo era.

Yo no era malo.

Yo estaba roto.

Y estaba aprendiendo.


**Fue entonces cuando lo entendí:

no era culpa, era historia**

Mi historia.

Mi herida.

Mi proceso.

Mi aprendizaje.

No era algo que tenía que castigarme.

Era algo que tenía que comprender.

Y cuando por fin lo hice, cuando por fin pude mirar atrás sin ponerme el peso entero encima, algo dentro de mí se liberó.

Muy despacio.

Muy poco a poco.

Pero se liberó.


**Hoy sé que no fallé.

Simplemente llegué tarde a mi propia verdad.**

Hoy sé que la vida no se sostiene con “si hubiera…”.

Hoy sé que no puedo culpar al hombre que fui.

Hoy sé que no puedo odiar al que solo intentaba amar como sabía.

Hoy sé que no puedo castigarme por lo que no podía entender en aquel momento.

Y sobre todo: hoy sé que ya no tengo que llevar una culpa que nunca fue mía.

Continuará…

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