Día 4 — Año 2
Hoy he amanecido con una sensación que no es nueva, pero sí distinta: una mezcla de tristeza, cansancio y una lucidez que casi escuece.
A veces parece que sanar duele más que romperte.
Porque romperse, al menos, es inmediato.
Sanar, en cambio, es mirarte exactamente donde más te duele… y no apartar la vista.
Y en estos últimos días —quizá por la decepción acumulada, quizá por las verdades que se me están cayendo encima una tras otra— he empezado a verme desde un lugar nuevo.
Un lugar donde ya no me cuento la historia bonita.
Un lugar donde ya no justifico lo injustificable.
Un lugar donde ya no me dejo engañar por migas que nunca debieron ser suficientes.
Hoy, sin pedir permiso, la vida me ha dicho algo que necesitaba oír:
“Deja de culparte por lo que no era tu culpa.
Deja de idealizar lo que ya no existe.
Deja de sostener lo que solo te rompe.”
Y sí… duele.
Pero duele distinto.
Duele como cuando la herida empieza a cerrar, no como cuando sigue abierta.
Porque por primera vez en meses estoy viendo la historia con claridad:
lo que viví, lo que me dolió, lo que me faltó, lo que merecía y nunca tuve.
Y aunque hoy me pesa el cuerpo y el alma…
también tengo una certeza nueva:
Estoy saliendo del lugar donde me hicieron creer que no valía lo que sí valgo.
Puede que no se note.
Puede que por dentro siga roto.
Puede que el corazón aún siga mirando hacia donde no debe.
Pero estoy avanzando.
Aunque sea despacio.
Aunque sea a rastras.
Aunque cada avance venga con una decepción nueva.
Hoy estoy un paso más lejos del dolor que me hizo pensar que no merecía algo mejor.
Y un paso más cerca de mí.
Continuará…
Deja un comentario