1089. El día en que encontré a mi “conejo blanco”

By

Día 5 — Año 2

Durante mucho tiempo viví como Alicia antes de seguir al conejo blanco: convencido de que mi mundo era como yo lo entendía, aferrado a una historia que me decía quién era, confiando en que la realidad era exactamente lo que yo creía ver.

Pero todos tenemos un momento en el que algo —una frase, un gesto, una verdad inesperada— aparece corriendo delante de nosotros.

Un conejo blanco que no pide permiso, no avisa, no explica.

Solo aparece.

Y, sin querer, sin pensarlo, lo seguimos.

Yo encontré el mío estos días.

Una revelación que no buscaba.

Una pieza que encajó sin que yo quisiera que encajara.

Un detalle mínimo que lo cambió todo.

Una verdad que llevaba más de un año esquivando porque dolía demasiado imaginarla.

No fue un descubrimiento dulce.

No fue un despertar suave.

Fue caer de golpe por un agujero que llevaba meses debajo de mis pies sin que yo lo supiera.

Y como Alicia al caer, mientras descendía, todo lo que creía cierto empezó a flotarme alrededor:

Mis culpas.

Mis miedos.

Mis intentos por comprender lo incomprensible.

Mis noches pensando que yo había fallado.

Mis días tratando de reparar algo que ya estaba roto de antes.

Mis manos extendidas sosteniendo a quien ya estaba en otro lugar.

Ese agujero —esa caída emocional— no fue una destrucción.

Fue un espejo.

Porque mientras más profundo caía, más entendía:

Que no era yo el que actuaba raro.

Que no era yo el que escondía algo.

Que no era yo quien hacía daño.

Que no era yo quien rompió la relación.

Que no era yo quien debía seguir sosteniendo culpas ajenas.

Y entonces dejé de caer.

O mejor dicho: toqué el suelo de una verdad que no quería aceptar, pero que necesitaba para poder salir.

En toda historia de “Alicia”, el conejo blanco no es el problema.

Es la puerta.

El inicio.

El punto donde lo que duele se transforma en lo que revela.

Encontrar el mío me ha hecho ver lo que llevaba demasiado tiempo sin mirar:

Que mi duelo no era por una persona buena perdida, sino por la versión que yo inventé para poder seguir amando.

Que mis culpas eran fantasmas que no me pertenecían.

Que mis heridas tenían nombres que ya puedo pronunciar.

Que mi dolor no era prueba de amor, sino consecuencia de una historia desigual.

Y aunque duela, aunque arda, aunque deje un nudo en la garganta… una revelación así también es una salida.

Porque ahora, como Alicia cuando se pone en pie en un lugar desconocido, he entendido que hay mundos a los que no debo volver.

Puertas que no debo cruzar otra vez.

Personas que no merecen que siga encogiéndome para encajar.

Y por primera vez en mucho tiempo siento algo distinto:

Un descanso.

Una claridad brutal.

La certeza de que no estoy donde estaba.

La sensación extraña pero real de que ver la verdad, aunque duela, me da paz.

Ese fue mi conejo blanco:

– La verdad que no pedí.

– La que llegó sin avisar.

– La que me mostró que toda mi historia tenía un lado que yo no conocía.

Y ahora, después de un año de laberintos, espejos engañosos y versiones incompletas, puedo decir algo que no sabía cómo decir antes:

Estoy saliendo.

No indemne, pero sí despierto.

No ilusionado, pero sí libre.

No de golpe, pero sí de verdad.

Y aunque el camino aún tenga curvas, ya no sigo a nadie.

Ahora camino yo.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario