Hay días en los que una parte de mí quisiera tener la fuerza suficiente para sostenerlo todo.
Para sostener el trabajo.
Para sostener a quien quiero.
Para sostener las expectativas.
Para sostener la rutina.
Para sostenerme, al menos, un poco.
Pero últimamente —y esta es la verdad que más cuesta aceptar— no llego ni para sostenerme a mí mismo.
Me he pasado la vida siendo el que carga, el que aguanta, el que escucha, el que se queda, el que protege, el que pone el pecho cuando los demás ya no pueden más.
Y lo he hecho sin pensarlo, sin medirlo, sin preguntarme nunca qué me costaba a mí ese esfuerzo silencioso.
Pero ahora lo noto.
En los huesos.
En la mente.
En la mirada cansada que me devuelve el espejo.
En el peso que se me hace insoportable incluso cuando no pasa “nada”.
No es que me falte fuerza para sostener el mundo de otros.
Es que ya no tengo fuerza ni para sostener el mío.
Y es duro escribirlo.
Duro admitirlo.
Duro sentirlo.
Porque este cansancio no es físico.
No se quita durmiendo.
No se arregla con un día libre.
No se cura con una frase bonita.
Este cansancio es otro.
Es ese que aparece después de demasiados golpes seguidos.
Ese que llega cuando el alma ya no encuentra dónde apoyarse.
Ese que se forma cuando llevas demasiado tiempo viviendo desde la herida.
Un cansancio que viene de sostener lo insostenible.
De esperar lo que nunca llega.
De aguantar dolores que nunca tuviste que aguantar.
De culparte por cosas que ahora sabes que nunca fueron culpa tuya.
De seguir sintiendo por alguien que ya no está, que no te eligió, que no te cuidó.
De desvivirte en un trabajo que te está rompiendo por dentro.
De intentar recomponerte cada día viendo a quien te rompió sin que ella siquiera lo note.
Este no es “un mal día”.
Esto es el cuerpo diciendo basta.
La mente diciendo basta.
El corazón diciendo: “no puedo solo”.
Y aun así… sigo.
Porque no sé hacer otra cosa.
Porque llevo tanto tiempo sobreviviendo que se me ha olvidado cómo se vive.
Porque cada mañana vuelvo a ponerme en pie aunque me tiemblen hasta los pensamientos.
Porque todavía, en algún rincón pequeño de mí, existe una voz que susurra: “no te sueltes”.
Hoy escribo desde ese lugar.
Desde ese borde donde uno se da cuenta de que no puede más… pero tampoco quiere rendirse.
Desde esa línea fina entre seguir y romperse.
Porque, aunque cueste admitirlo, este agotamiento también es parte del camino.
Es una señal.
Una advertencia.
Un límite.
Y, quizá, también un comienzo.
Tal vez esta falta de fuerza no sea el final.
Tal vez sea el aviso de que necesito reconstruirlo todo.
De que ya no puedo vivir así.
De que necesito cambiar de ruta, de entorno, de vida.
De que ya no puedo seguir sosteniendo lo que me sostiene a medias.
Hoy no tengo un mensaje de esperanza.
Hoy no tengo respuestas.
Hoy solo tengo esta verdad:
Estoy cansado.
Mucho.
Pero sigo aquí.
Y mientras esté aquí, todavía hay algo que salvar.
Algo que reconstruir.
Algo que volver a levantar.
Aunque sea despacio.
Aunque sea con las manos temblando.
Aunque sea sin fuerzas.
Porque incluso cuando no puedo sostenerme… sigo soltando por aquí.
Y al escribir, algo —mínimo, pequeño, pero real— me sostiene a mí.
Continuará…
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