Hay un momento en todo proceso donde ocurre algo que nadie ve, pero que lo cambia todo.
Un instante silencioso, sin aplausos, sin testigos, sin épica.
Solo tú, frente a tu propia verdad.
Y hoy me ha pasado a mí.
Después de un año de dolor, de dudas, de cargar con culpas que no eran mías, de sostener a otros mientras yo me caía… por fin he dicho algo que nunca había dicho:
“Al primero que elegiría para amar, para cuidar, para construir… es a mí mismo.”
No es una frase bonita.
Es una ruptura.
Es un despertar.
Es un límite nuevo.
Es un “ya basta” que llega desde dentro.
Toda mi vida he amado desde atrás: dejando mi sitio, renunciando a mis necesidades, disculpándome por sentir, callando para no molestar, aceptando migajas, inventando excusas, perdonando heridas que yo nunca habría causado.
Pero hoy entendí algo que me atravesó el pecho:
No puedo volver a perderme por nadie.
No puedo volver a querer sin quererme.
No puedo volver a cuidarte si antes no me cuido yo.
Y no es egoísmo.
Es supervivencia emocional.
Es madurez.
Es la forma más honesta de no repetir lo que me rompió.
Hoy he puesto la primera piedra real de un futuro distinto:
me elijo.
Me miro.
Me sostengo.
Me doy el lugar que siempre dejé vacío.
Y sé que cuando de verdad me elija, todo lo que venga después será sano.
Porque jamás volveré a amar desde el miedo.
Ni desde la carencia.
Ni desde el abandono de mí mismo.
Hoy empieza otra manera de vivir.
La mía.
Continuará…
Deja un comentario