Hoy no tengo grandes historias que contar.
Ni conclusiones profundas.
Ni revelaciones incómodas.
Hoy sólo tengo un cuerpo que se quejó tanto que me obligó a frenar.
He pasado la mayor parte del día entre dolores, un pinchazo que me dejó medio dormido y una nube que me envolvió sin pedir permiso.
El mundo siguió girando… pero yo no podía acompañarle el ritmo.
Y quizá está bien reconocerlo: hay días que no se viven, solamente se atraviesan.
Días en los que el cuerpo dice “basta” y la mente le hace eco en silencio.
Días en los que las preocupaciones siguen ahí, pero no tienes fuerza ni para mirarlas a los ojos.
Hoy fue uno de esos días.
Un día en pausa.
Un día que no brilló, pero tampoco destruyó.
Solo pasó.
Y aunque una parte de mí quiera escribir más, sentir más, ordenar más, creo que hoy lo más honesto que puedo hacer es esto: dejar constancia sin exigirme nada.
Quizá mañana, cuando el cuerpo me deje respirar mejor, el corazón también tenga algo que decir.
Hoy, simplemente… descansé.
Hay días que sostienen y días que duelen.
A veces, solo hay que dejarlos pasar.
Continuará…
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