Hoy fue otro día igual.
El mismo cansancio, el mismo dolor en la espalda, la misma sensación de estar viviendo una versión repetida de mí mismo.
Me moví poco, pensé demasiado, sentí casi lo mismo que ayer.
Y aun así… hubo una diferencia.
No grande.
No evidente.
No transformadora.
Pero estaba ahí: una especie de certeza silenciosa de que incluso en los días que parecen copiados, hay algo dentro que sigue avanzando… aunque yo no lo note.
El cuerpo duele, sí.
La cabeza pesa, sí.
La vida parece en pausa, sí.
Pero mientras todo fuera de mí se repite, algo en mí —muy despacio, casi imperceptible— se está recolocando.
Quizá sea cansancio de tocar fondo, o un instinto básico de supervivencia, o simplemente el deseo de que diciembre no se parezca al resto del año.
No lo sé.
Solo sé que hoy, sin hacer nada, sin avanzar, sin descubrir nada nuevo… sentí por un momento que esto no será para siempre.
Y a veces, con eso basta.
No para celebrarlo, pero sí para mantenerme un poco más en pie.
Incluso cuando nada cambia por fuera, algo en ti sigue moviéndose. Aunque no lo veas.
Continuará…
Deja un comentario