1113. Donde por fin empiezo a abrir espacio a lo que viene

By

Hay despedidas que no se dicen en voz alta.

Se sienten.

Se intuyen.

Van llegando como un cambio de estación: sin preguntar, sin ruido, pero con una claridad imposible de ignorar.

Últimamente tengo la sensación de que estoy empezando a caminar hacia otra parte.

No sé todavía si ese destino será perfecto, si me traerá calma o vértigo, si será fácil o una prueba más de las que ya me ha tocado vivir…

pero por primera vez en mucho tiempo, estoy caminando hacia adelante, y no hacia atrás.

He hablado con personas, he preguntado, he escuchado, he dado pasos pequeños pero firmes.

He empezado a mirar opciones, puertas, caminos que hace un año ni siquiera habría imaginado.

Y aunque aún quedan cosas por definir, por decidir y por construir, hay algo que siento con una fuerza nueva, distinta:

Estoy dejando espacio para lo que viene.

No huyo.

No escapo.

No busco tapar el dolor con prisa ni llenar los huecos con ilusiones vacías.

Estoy simplemente entendiendo que hay ciclos que se agotan, lugares que ya no sostienen, personas que ya no suman, y batallas que ya no merecen más de mí.

Y por eso, sin ruido, sin dramatismos, sin mirar atrás más de la cuenta… me estoy despidiendo.

De lo que me frenaba.

De lo que me rompía.

De lo que dolía más de lo que aportaba.

De lo que ya no tiene sitio en la persona que estoy intentando ser.

No es una despedida amarga.

Es una despedida necesaria.

Porque algo dentro de mí —algo pequeño, silencioso, pero terco— ha empezado a repetirme que ya es hora.

Hora de cuidarme.

Hora de apostar por mi vida.

Hora de probar, de arriesgar, de elegir qué quiero construir cada mañana.

Hora de abrir las manos para recibir lo nuevo.

No sé qué traerá este nuevo camino.

Pero sé lo que ya no quiero arrastrar conmigo: el peso de culpas que no eran mías, el cansancio de sostener lo que nunca se sostenía solo,

la costumbre de quedarme donde me vaciaba, la idea equivocada de que mi vida dependía de permanecer en el mismo sitio.

Hoy empiezo a entender que la valentía no siempre es resistir.

A veces, la verdadera valentía es mover ficha.

Hacer sitio.

Caminar hacia lugares que aún no conozco pero que huelen a futuro.

Y aunque todavía haya miedo, hay algo que está creciendo debajo del miedo:

esperanza.

Una esperanza tímida, sí… pero mía.

Y mientras sigo dando pasos, uno detrás de otro, siento que esta vez el camino no se abre para que vuelva atrás, sino para que pueda, por fin, volver a mí.


“Hay finales que no cierran puertas: abren ventanas.

Y a veces basta un poco de aire nuevo para recordar que también merezco respirar.”

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario