1114. Cuando lo que queda ya no es vida

By

Y llega un momento en que, después de diez años en un sitio y cuatro desde que ella apareció, te das cuenta de que lo único que te queda son recuerdos… y no precisamente los que quisieras conservar.

Te descubres pensando que todo fue tiempo perdido, que diste demasiado, que apostaste demasiado, que cuidaste demasiado.

Que un día tu vida dejó de ser tuya para convertirse en una suma de renuncias silenciosas que nadie vio, que nadie devolvió, que nadie agradeció.

Sí, aprendiste.

Sí, creciste.

Sí, cometiste errores y los corregiste.

Y sí, hubo momentos bonitos.

Pero por alguna razón —la más cruel de todas— lo único que permanece es lo que dolió.

Porque lo que duele se queda.

Porque lo que te vacía deja huecos que no sabes llenar.

Porque cuando una persona y un lugar te rompen al mismo tiempo, tu memoria no elige: se protege.

Y protegerse es recordar sólo la herida.

Y así llega el día en que aceptas que te toca irte.

Irte del sitio.

Irte de ella.

Irte de todo lo que te drenó la vida mientras tú hacías malabares para sostenerte, pero nadie se daba cuenta, o peor, a nadie le importaba.

No por rencor.

No por desprecio.

Ni siquiera por olvido.

Te vas porque ya no queda nada que te sujete ahí más que la costumbre de sufrir.

Te vas porque quedarte sería seguir perdiendo, seguir perdiéndote.

Te vas porque, aunque duela admitirlo, esa parte de tu vida no fue hogar: fue desgaste.

Y aunque hoy solamente veas lo malo y sientas que viviste para nada… no es cierto.

No viviste en vano.

Te sirvió para entender algo que no se aprende desde la calma: hay lugares y personas que no eran un destino, eran la señal de que era hora de empezar otro camino.


“A veces no es sano quedarse donde te rompiste.

A veces el verdadero acto de amor propio es cerrar la puerta sin mirar atrás y descubrir que, por fin, vuelves a caminar por ti.”

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario