No todo inicio necesita fuegos artificiales.
Algunos empiezan en silencio, casi sin darse cuenta, sin aplausos, sin anuncios, sin certezas.
Hoy no vengo a contar una historia dura, ni a ordenar lo que duele, ni a cerrar capítulos que ya he revisado demasiadas veces.
Hoy no vengo a explicar nada.
Hoy simplemente empiezo algo distinto: escribir desde donde estoy ahora, no desde donde estuve roto.
He pasado mucho tiempo sobreviviendo.
Nombrando heridas.
Buscando respuestas.
Sosteniendo lo que pesaba más de lo que podía cargar.
Intentando entenderlo todo para no perderme.
Y quizá ahí estuvo parte del cansancio: en querer darle sentido a cada emoción, a cada paso, a cada caída.
Hoy empiezo a permitirme algo nuevo:
no tener que justificar cada decisión,
no tener que demostrar fortaleza,
no tener que convertir cada día en una batalla ganada o perdida.
Hoy escribo sin exigencias.
Sin expectativas.
Sin necesidad de llegar a ningún sitio concreto.
No sé aún hacia dónde va esto.
No sé qué forma tomará.
No sé cuánto durará.
Y por primera vez, esa incertidumbre no me inquieta.
Porque hoy no estoy huyendo, ni resistiendo, ni esperando.
Hoy simplemente estoy aquí.
Empezar así —despacio, sin ruido, sin épica— también es avanzar.
También es cuidarse.
También es una forma de seguir.
Y hoy, eso es suficiente.
Continuará…
Deja un comentario