1128. Renacer no es volver a empezar, es volver a elegirse

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No estoy en calma.

Tampoco estoy roto.

Estoy en ese punto extraño donde conviven el vértigo, la ilusión, el miedo bonito y las ganas urgentes de empezar. Todo a la vez. Como si algo dentro de mí supiera que el suelo que piso ya no es el mismo, aunque todavía no vea del todo el siguiente.

Durante mucho tiempo viví una vida que dejó de ser mía sin darme cuenta.

Me adapté. Aguanté. Sostuve. Me perdí.

Y lo hice tan bien que incluso yo llegué a creer que ese era mi sitio.

Hoy no.

Hoy empiezo a entender que renacer no es huir, es tener el valor de admitir que ya no perteneces a donde estás. Que algo dentro se apagó hace tiempo y que seguir ahí no es lealtad, es abandono propio.

No tengo todas las respuestas.

No tengo el camino despejado.

Pero tengo algo que antes no tenía: la decisión.

La decisión de empezar desde cero sin avergonzarme de lo que fui.

La decisión de no cargar más con vidas que no me devuelven la mía.

La decisión de abrir un espacio nuevo —real, tangible— donde pueda volver a reconocerme.

Hay fuego.

No rabia.

No impulsividad.

Fuego del que no destruye, sino del que limpia.

Del que quema lo viejo para que algo distinto pueda crecer.

No sé exactamente cómo será lo que viene, pero sí sé algo con una claridad que nunca tuve:

no quiero mirar atrás cuando todo esto empiece a rodar.

No quiero que el recuerdo del dolor sea lo que defina este paso.

Quiero que lo haga el valor.

Si algún día miro este momento desde lejos, quiero recordar justo esto:

el instante en el que dejé de sobrevivir y empecé, por fin, a elegirme.

Continuará…

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