Hay días en los que no pasa nada extraordinario.
Nadie grita.
Nadie se va dando un portazo.
Nadie pide explicaciones.
Y, sin embargo, algo termina.
No porque duela más, sino porque ya no hay fuerzas para seguir fingiendo que no duele.
Hoy no necesito señalar a nadie.
No necesito contar lo ocurrido.
No necesito justificar cómo he llegado hasta aquí.
Lo único que sé es que durante mucho tiempo sostuve cosas que no eran mías.
Culpas que no me correspondían.
Silencios que me quemaban por dentro.
Responsabilidades emocionales que asumí por amor… y por miedo.
Y uno puede aguantar muchas cosas.
De verdad que puede.
Pero llega un punto en el que seguir sosteniendo deja de ser un acto de amor y se convierte en una forma lenta de desaparecer.
Hoy no escribo desde el enfado.
Escribo desde el cansancio.
Ese cansancio que no pide revancha, solo descanso.
Ese que no busca respuestas, solo espacio.
He entendido que no todo merece una última conversación.
Que no todas las despedidas necesitan palabras.
Que hay cierres que ocurren en silencio, cuando por dentro algo se apaga sin hacer ruido.
Y no es tristeza lo que siento.
Es una especie de calma extraña, mezclada con vértigo.
Como cuando sabes que estás a punto de dejar un lugar que te hizo daño… pero también te enseñó hasta dónde eras capaz de aguantar.
No me voy porque no haya amor.
Me voy porque ya no puedo quedarme sin perderme.
Y esta vez, por primera vez en mucho tiempo, elijo no perderme más.
Continuará…
Deja un comentario