1136. A fuego lento

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Hay cosas que no se arreglan de golpe.

Ni con prisa.

Ni con ruido.

Se arreglan como se hacen las cosas importantes:

con tiempo, con manos manchadas, con errores que se corrigen sobre la marcha y con paciencia para no apagar el fuego antes de tiempo.

Durante mucho tiempo viví intentando que todo estuviera listo rápido.

Que doliera menos.

Que pasara antes.

Que cerrara ya.

Pero hay procesos que no entienden de atajos.

Que necesitan reposar.

Que sólo salen bien cuando aceptas que el resultado no se ve al principio, que hay momentos en los que parece que nada avanza y otros en los que todo burbujea a la vez.

He aprendido que no todo lo que se rompe se tira.

Que hay cosas que se rehacen.

Que a veces hay que desmenuzar lo viejo, mezclarlo de otra forma, volver a ponerlo al fuego y confiar.

Confiar en que el calor justo transforma.

En que remover a tiempo evita que se queme.

En que saber cuándo parar es tan importante como saber cuándo seguir.

Ahora mismo estoy ahí.

En ese punto en el que no busco perfección, sino verdad.

En el que no quiero impresionar a nadie, sólo construir algo que tenga sentido.

En el que empiezo a entender que lo que viene no tiene que ser rápido, ni fácil, ni brillante… sólo tiene que ser mío.

Hay platos que no se explican: se sienten.

Y hay vidas que no se planean del todo: se cocinan.

A fuego lento.

Como todo lo que merece la pena quedarse.

Continuará…

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