Por fin en casa.
El cuerpo pide descanso y la cabeza, por una vez, empieza a bajar el ritmo.
Cada día llego más cansado, es verdad.
Las horas pesan, los esfuerzos se acumulan y el margen de error es mínimo.
Pero, al mismo tiempo, hay algo distinto: una sensación de plenitud que no conocía.
No es euforia.
No es alegría desbordada.
Es algo más sereno.
Es saber que el cansancio tiene sentido.
Que no estoy gastando energía en sostener lo que me vacía, sino en construir algo que me pertenece.
Se acerca el día señalado.
Y aunque el miedo sigue ahí —porque siempre está cuando importa— también está la certeza de que este camino, con todo lo que duele y cuesta, es el mío.
Ahora toca descansar.
Cuidar el cuerpo.
Respirar.
Mañana habrá más trabajo.
Pero hoy, al menos, puedo decirlo sin dudar:
Estoy agotado…
y, aun así, me siento en casa.
Continuará…
Deja un comentario