Después de todo lo vivido, he tenido que aceptar algo que no siempre es fácil:
me he equivocado.
He cometido errores, he reaccionado mal en momentos en los que no supe cómo hacerlo mejor y, como cualquier persona, he podido herir sin querer, no desde la maldad, sino desde mis propias heridas.
Durante mucho tiempo me juzgué con dureza.
Me exigí más de lo que podía dar en ese momento.
Me culpé por no saber gestionar lo que sentía, por no llegar, por no entenderme antes.
Hoy empiezo a abrazar mis errores sin excusas, pero también sin látigos.
Reconocerlos no me hace débil; me hace honesto.
Y la honestidad con uno mismo también es una forma de amor propio y de crecimiento.
Sí, me equivoco.
Y sí, a veces esos errores pesan.
Pero me importan. Me duelen. Y, sobre todo, me enseñan.
Camino con la tranquilidad —que me ha costado mucho construir— de saber que no soy una mala persona.
Que mi corazón es bueno.
Que, incluso cuando no supe hacerlo bien, siempre intenté hacerlo desde el lugar que sabía y podía.
Equivocarse forma parte de estar vivo.
Aprender, sanar y seguir creciendo es una elección diaria.
Y hay días en los que esa elección duele, cansa y remueve… pero aun así, sigo eligiéndola.
Porque crecer no es no fallar.
Crecer es mirarse de frente, aprender y continuar, siendo un poco más consciente y un poco más amable con uno mismo.
Continuará…
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