No te veo.
No te hablo.
No te llamo.
No te escribo.
Desde fuera podría parecer que ya no existes en mi vida.
Que el tiempo hizo su trabajo.
Que aprendí a soltarte.
Que todo quedó atrás.
Pero por dentro la historia es otra muy distinta.
Sigues apareciendo en los lugares más silenciosos de mi mente, en esos momentos en los que el mundo se detiene y sólo quedo yo con mis pensamientos.
Te pienso en canciones que no buscan doler… pero lo hacen.
En calles que no tienen nada que ver contigo y, aun así, me llevan a ti.
En gestos pequeños, cotidianos, que despiertan memorias que creía dormidas.
No te busco porque sé que no debo.
No te escribo porque entiendo que ya no hay un lugar para mis palabras.
No te llamo porque respeto la distancia que la vida impuso, aunque a veces me pese.
Pero pensarte…
pensarte es inevitable.
Porque hay personas que no se borran con el silencio ni con la ausencia.
Personas que no se van aunque ya no estén.
Se quedan viviendo en una parte profunda del alma, donde no llegan las decisiones ni la lógica, donde no mandan los límites ni las promesas que uno se hace para sobrevivir.
Y así, sin verte, sin tocarte, sin nombrarte, sigues existiendo en mí.
Como una presencia callada.
Que no reclama.
Que no interrumpe.
Pero tampoco se va.
Recordándome que hay vínculos que no mueren.
Sólo aprenden a sobrevivir en la nostalgia.
Continuará…
Deja un comentario