Ayer fue San Valentín.
Y no escribí nada.
No porque no tuviera palabras, sino porque tenía demasiadas emociones mezcladas.
Hay fechas que no deberían tener poder sobre uno… pero lo tienen.
No por la celebración en sí, sino por lo que remueven por dentro.
No me dolió el día.
Me dolió recordar que aún hay amor donde ya no hay historia.
Y eso es algo que cuesta aceptar.
Porque uno quisiera que el tiempo hiciera su trabajo de forma limpia y ordenada.
Que lo que termina, termine del todo.
Que lo que ya no está, deje de sentirse.
Pero el corazón no funciona así.
El corazón no entiende de calendarios.
No borra por obligación.
No deja de querer solo porque sería más fácil.
Y ayer entendí algo importante:
seguir sintiendo no significa querer volver atrás.
No quiero regresar a lo que fue.
No quiero repetir lo que me rompió.
No quiero reconstruir algo que ya demostró no sostenerse.
Pero eso no elimina lo que sentí.
Y no quiero que lo elimine.
Porque amar, incluso cuando duele, no es una debilidad.
Es una prueba de que fui capaz de sentir de verdad.
Lo que sí he aprendido es otra cosa:
amar no siempre significa quedarse.
A veces amar significa aceptar que no todo lo que se siente está destinado a quedarse en tu vida.
Y avanzar no es traicionar lo que hubo.
Avanzar es honrarlo sin permitir que te paralice.
Estoy en ese punto.
No en el del olvido absoluto.
No en el de la indiferencia.
Pero sí en el de la decisión.
La decisión de no volver a romperme por lo mismo.
La decisión de no alimentar algo que no tiene futuro.
La decisión de dejar que el amor que queda se transforme en recuerdo… y no en herida constante.
Amar y seguir avanzando.
Esa es la parte difícil.
Pero también es la parte madura.
Y si ayer dolió…
hoy camino.
Y eso, aunque no lo parezca, ya es una victoria.
Continuará…
Deja un comentario